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| TRADICIÓN. La danza prima se baila cada 15 de agosto en Gijón coincidiendo con el día grande Begoña y el Restallón. /PALOMA UCHA |
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Menéndez Pelayo no tenía duda sobre los orígenes
arcaicos de nuestra danza prima. Para
ello citaba el verso de Homero en que se describe
la danza que Vulcano talló en el escudo
de Aquiles: «Una danza después allí Vulcano
/ talló artificiosa, y semejante / a la que en
otro tiempo en Creta / Dédalo imaginó para
la pelirroja / Aríadne. Y allí se veían danzar
/ unos y otros cogidos de las manos / tiernas
doncellas y ágiles muchachos.../ ...Y a veces
/ en redondo, en ancho círculo / todos danzaban
con ligera planta / en fácil giro y pasos
ajustados / así imitando la voluble rueda /
que el alfarero con su mano agita / para que
ruede el torno; y otras veces / en parejas bailaban
divididos. / Y mucha gente la feliz danza
/ mirando estaba, alegre y divertida...»
Joaquín Costa, en ‘Poesía popular española
y literatura celtohispana’, suma a la opinión
de Menéndez Pelayo una propuesta etimológica:
el término «prima» esconde la raíz
«para» –herir o matar–, de las que derivó el
sánscrito «prmatha» –carnicería–; entendiendo
de esta forma «danza prima» como «danza
guerrera». Sumando la opinión de Aramburu
y Zuloaga para quien el término danza
proviene de la voz celta «dancz», movimiento
acompasado del cuerpo. Por más que Menéndez
Pidal apuntaba la opinión de tratarse
de una voz puramente latina: «prima», con
el significado de «primera», lo que hablaba a
favor de su importancia con respecto al resto
de danzas interpretadas en Asturies.
La primera referencia escrita que tenemos
de nuestra danza se debe a Jovellanos y aparece
en la ‘Carta VIII a Pons’. De su opinión
y del comentario de Menéndez Pidal sobre el
romance con el que se canta principalmente,
‘Ai un galán d’esta villa’, se desprende que su
interpretación tenía el carácter de un himno
para todos los asturianos. Menéndez Pidal en
su ‘Flor nueva de romances viejos’ dice sobre
él: «Este romance es un verdadero canto nacional
para los asturianos». Eduardo Martínez
Torner fue el máximo defensor de las tesis
que apuntaban al carácter religioso de esta
danza. Argumentaba para ello que, por lo general,
se danzaban al lado de las iglesias y
bajo la advocación de algún santo.
Cuesta entender esta vinculación religiosa
defendida por Torner a la luz de la legislación
existente en contra. Sirva de ejemplo la
contenida en la Disposición VI, del Título III,
del Sínodo de Uviéu de 1796, que no fue autorizado
hasta el 9 de noviembre de 1784, por el
Real y Supremo Consejo, y publicado en Salamanca
en 1786: «Ratificando la providencia
que tenemos dada por las dichas nuestras generales
y con la del ilustrísimo señor Reluz,
nuestro predecesor, en la que prohibe con
pena de excomunión mayor latae sentenciae
las Danzas, Contradanzas o bailes de hombres
y mujeres cogidos de las manos, entrelazados
o unidos entre ellos (...) recomendándoles
a los párrocos, confesores y predicadores
que instruyan a los fieles de cuanto conduzca
a separar de estas diversiones lo que
en la práctica puede ser pecaminoso».
Lo que habla a favor de que la práctica de
estas danzas no tuviese nada que ver con las
festividades religiosas en las que se llevaba a
cabo, más que por el hecho de ser festividad.
Así lo apuntó Luis Argüelles en el artículo correspondiente
a la danza de su serie de artículos
publicados por EL COMERCIO a mediados
de los ochenta del pasado siglo.
Para el poeta romántico y rector de la Universidad
de Uviéu, Félix Aramburu, la danza
era una representación del círculo sagrado
de los celtas. El círculo de la danza recuerda
de este modo un ‘cromlech’ y, por lo acompasado
de su paso y la solemnidad de su interpretación,
considera que conserva el carácter
religioso ancestral que la vincula a un
origen prerromano. Este carácter antiguo se
acentúa con el carácter guerrero que aún conservaba
a finales del siglo XIX.
Una opinión que llegó hasta entrado el siglo
XX, como pude comprobar por Carmen
Vigil, directora de la Sección Femenina de
Mieres y responsable de la organización de
la danza de San Xuan por encargo de la Corporación
mierense al término de la II Guerra
Mundial, tras haber estado de profesora en la
Universidad de Berlín: «La danza para nosotros
es la danza. No conocemos nada anterior.
Seguramente por eso la llamamos prima, para
distinguirla de las otras que existen. La danza
prima custodia el alma de este pueblo, nos
vincula a Europa, a nuestros ancestros celtas,
a nuestro pasado como hombres libres.
Se trata de un rito de paso: sólo quien danza
es parte de esta tierra. Nosotros rendimos
cuentas ante el fuego. Él nos purifica».
Estamos a las puertas del verano, el tiempo
en el que la danza vuelve a tomar carta de
presencia en las fiestas de Asturies. Un rito
que se inicia con las propias de San Xuan y
San Pedro y que se extiende por toda la geografía
. Cambia la melodía en la mayor parte
de ellas. En muchas la letra es la propia del
romance ‘Ai un galán d’esta villa’. Otras, como
la de Teberga, hablan del propio hecho de danzarla:
«Vamos armar una danza / por costumbre
que tenemos / aprendida de mios padres
/ heredada de mios güelos».