Nota de inicio:
Dudo de que me publiquen una receta
tan sencilla, pero la verdad es
que resulta muy socorrida y también
muy diferente de los platos
complicados que suelen ustedes
publicar. Además, el pollo siempre
resulta un alimento sano y económico,
más para los tiempos tan duros
que estamos pasando, y eso que
me acuerdo cuando era niña, y tengo
casi 60 años, cómo constituía
un lujo en la mesa que una familia
trabajadora podía permitirse sólo
cuando había algo que celebrar. La
pena es que desde el fallecimiento
de una tía abuela mía, que los
criaba con maíz en su gallinero, ya
no consigo los deliciosos y verdaderos
pitos de caleya, que ahora
venden como tales pollos normales
y corrientes, y entonces mejor
no pagar la diferencia.
Elaboración:
1. Pido al carnicero que me lo corte
según la manera típica, sacándome
pechugas, zancas, contrazancas, alas
y cuello. También me llevo los menudillos
–corazón, hígado, riñones–
y mando tirar patas y cresta; una pena
lo de la cresta, que bien preparada sabe
muy rica, pero hay que juntar bastantes
y da trabajo.
2.En una pota grande con abundante
aceite de oliva rehogo el pollo troceado
dándole la vuelta hasta que
quede bastante dorado.
3. Entonces, agrego el ajo, la cebolla,
el pimiento verde, el pimiento rojo y
los menudos muy picadinos.
4. El tomate lo añado también entonces;
eso sí, antes lo habré pelado a
mano tras meterlo unos segundos en
agua hirviendo para luego ducharlo
bajo el chorro de agua fría.
5. Corto las patatas en trocinos escachados
o rotos a palanca con el cuchillo,
y las sumo con la hoja de laurel.
4. Agito los contenidos para que queden
bien repartidos y pongo el fuego
y la cocción al mínimo.
6. Vigilo, agito, muevo, pincho y en
una hora ya puedo servir.