Les habíamos conocido casualmente en un bar mínimo de barrio obrero haciendo aquello en lo que continúan: una cocina clara, abierta, desprejuiciada, fusionadora, divertida, muy sabrosa y a precios populares, lo que resulta bastante original e inusual. Y nos ganaron.
Él, un mierense paseado y aprendido por grandes españoles y grandes europeos, quiso retornar a Gijón y dirigir alguna cocina ajena, pero su espíritu maorí, impreso en vistosos tatuajes, le cerró las puertas laborales, algo que también conocimos y sufrimos quienes hace cuarenta años usábamos melena y pantalones de pata de elefante. Hay sitios impermeables aWoodstok o el Soho. Entonces, ni corto, ni perezoso, acompañado por Cloe, sumiller y minuciosa presentadora de las composiciones servidas, montó el primer Terra Nova. Y triunfaron. Claro que cuatro mesas dan para un lucimiento limitado y muy poco rentable, así que ahora, en primera línea de playa, un riesgo que deseamos superen, ofrecen amplitudes de barra amplia, mesas acristaladas y paredes pintadas por Berto Peña con mitologías de monstruos, naufragios y navegaciones.
¿La carta? Lo dicho, un perfecto equilibrio entre técnica impecable e imaginación fértil que promueve los paladeos lentos y los comentarios admirativos sin excesos etéreos y con raciones fartucantes.
La cazuela de queso al horno relleno de setas y cebolla confitada, el risotto de pato y aceite de trufa, las tostas de picadillo de jabalí con espinacas y huevos de corral, la hamburguesa de caza en salsa de mostaza y miel, el milhojas de buey y jamón en pedro ximénez, los lomos de bacalao confitados y salseados en emulsión de pilpil y tomate o la tempura de verduras y mariscos con tereyaki casera apenas conforman un capítulo de esta factoría del buen gusto.
«Trabajo con materias primas de Oriente y Occidente, boreales y meridionales, aunque las asturianas, tan soberbias, llevan la voz cantante en huerta, quesos, carnes y frutas, que la inspiración de un cocinero parte siempre del mercado vecino», comenta Jorge.
Y mientras nos seduce con una croqueta de ‘compangu’ miramos los rompientes de las olas.