jueves, 3 de marzo de 2005

RESTAURANTE COSES DE LA VITA
'll piacere della vita'

Bajo la cruz del Pienzu, en un idílico valle, es posible complacerse con una cocina italiana seductora y auténtica

LUIS ANTONIO ALIAS


RESTAURANTE COSES DE LA VITA
Dirección: La Vita, 25. Arriondas.
Teléfonos: 985 843 799 y 629 332 407.
Propietarios y cocineros: Silvia Tomaselli Ortega y Pedro Cocera Peña.
Fundadores y ayudantes: Charo Ortega González y Iacomo Tomaselli.
Fecha de apertura: 8 de septiembre de 2001.
Ambientes y decoración: recostada sobre una ladera que tiene por frente el Sueve, y al lado de un verde pasillo con la costa riosellana de lejano fondo, el restaurante, pequeño y coqueto, forma parte de un proyecto que incluye una casa de aldea íntegra y un hotel rural de 3 habitaciones.
El comedor, en una sala con chimenea por la que aflora la roca madre del emplazamiento, reparte media docena de mesas y ofrece asiento a 22 comensales.
En el mismo edificio, dos confortables habitaciones abuhardilladas con aire rústico, la Suite Verde, y la Suite Azul, y otra con terraza, Las Mimosas, completas de baño y comodidades, ofrecen reposos a quienes deseen unir cena y desayuno.
Bodega: salva bien la papeleta con riojas clásicos, nuevos levantinos, algún albariño, e italianos piamonteses.
Accesos: en Arriondas tomaremos la AS-260 que va a Colunga por El Fito. Apenas andado un kilómetro pasaremos a la AS-342 que sube para Collía y Andeyes. Dejaremos de ascender justo donde nuestro amigo Nacho Manzano tiene su prestigiosa Casa Marcial y, torciendo ante ella, descenderemos al señalizado pueblo de La Vita; para ‘Les Coses’ seguiremos un caminín igualmente señalizado. La distancia total con Arriondas es de 5 kilómetros.
Elijo empezar por la pasta de la pizza, fina, leve, crujiente, airosa, similar a las de ‘piccola trattoria’ napolitana –de Italia llega aquí toda la harina– y que cubren a elección y gusto: sobre el tomate y la mozzarela trazan geometrías alcachofas, pimientos, champiñones, mariscos, quesos, aderezos...
Claro que las lasañas cumplen iguales requisitos de suave y sabrosa perfección en cada melosa capa.
¡Y qué decir de las supremas berenjenas a la parmesana!

De todas formas, empezar con una ensalada de rúcola, queso de mahón, tomate, atún, y otras frescuras, acondiciona y dispone.

Y si el solomillo o los escalopines al marsala, a la mostaza, al limón, al vino blanco, merecen justa mención, la tagliata de carne –entrecot de buey pasado por la plancha y sazonado con aceite de oliva virgen, vinagre balsámico de módena y sal gorda– provoca un espontáneo ¡bravissimo!

Y entre los postres caseros, que incluyen un pudín de queso con crema de plátanos y una tarta de requesón nada baladíes, alza sus gráciles alas el tiramisú, cuyos secretos, empezando por el nombre –elévame o ponme a tono– me serán revelados por los Tomaselli.

Los Tomaselli. Hay vidas que mejoran cualquier novela. Les resumo: Iacomo Tomaselli, un siciliano director de academia de idiomas en Vicenza, se casó con Charo, madrileña políglota que tras un periplo europeo integraba casualmente su plantilla profesoral; de resultas nació Silvia en un amplio piso «de mármoles y estucos» del que poco pudo disfrutar. A sus padres les dio por cambiar radicalmente de trayectoria vital, venderlo todo, comprar un terreno en el Piamonte, y edificar una granja escuela para toxicómanos que hoy continúa de modelo.

Pasados unos años decidieron los cinco –hay que contar al hermano y la hermana de Silvia– repetir experiencia en el Norte de Burgos; sufrir inviernos siberianos y veranos achicharrantes se tornó costumbre.

Cumplida otra etapa de entrega, sintieron llegado el momento de pensar en sí mismos: pasaron de la estepa castellana a la luz mallorquina y de las obras humanitarias a la hostelería.

Silvia conoció allí a Pedro y montaron un restaurante de inmediato éxito, pero llegaron los niños, Gabriel, Rubén y Raúl, y los agobios laborales.

Mientras, Iacomo y Charo prefirieron la cornisa cantábrica, buscaron su lugar, encontraron La Vita, sorprendente y optimista topónimo italianizante parragués, y adquierieron la hacienda «que sin duda nos esperaba»; cuando Silvia y Pedro resolvieron pasar de la multitud al mínimo campestre, tomaron cargo de Coses de La Vita.

La aclimatación alcanza tales extremos que Pedro combina las labores culinarias con las de taxista local, los pequeños hablan asturiano oriental, la ‘mamma’ participa de las actividades culturales comarcales, y Iacomo cuida su propia huerta a la sombra del hórreo centenario.

Y de paso, sin mayores alharacas, elevan a categoría «il piacere de mangiare».