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| RESTAURANTE COSES DE LA VITA 'll piacere della vita' Bajo la cruz del Pienzu, en un idílico valle, es posible complacerse con una cocina italiana seductora y auténtica LUIS ANTONIO ALIAS
Claro que las lasañas cumplen iguales requisitos de suave y sabrosa perfección en cada melosa capa. ¡Y qué decir de las supremas berenjenas a la parmesana! De todas formas, empezar con una ensalada de rúcola, queso de mahón, tomate, atún, y otras frescuras, acondiciona y dispone. Y si el solomillo o los escalopines al marsala, a la mostaza, al limón, al vino blanco, merecen justa mención, la tagliata de carne –entrecot de buey pasado por la plancha y sazonado con aceite de oliva virgen, vinagre balsámico de módena y sal gorda– provoca un espontáneo ¡bravissimo! Y entre los postres caseros, que incluyen un pudín de queso con crema de plátanos y una tarta de requesón nada baladíes, alza sus gráciles alas el tiramisú, cuyos secretos, empezando por el nombre –elévame o ponme a tono– me serán revelados por los Tomaselli. Los Tomaselli. Hay vidas que mejoran cualquier novela. Les resumo: Iacomo Tomaselli, un siciliano director de academia de idiomas en Vicenza, se casó con Charo, madrileña políglota que tras un periplo europeo integraba casualmente su plantilla profesoral; de resultas nació Silvia en un amplio piso «de mármoles y estucos» del que poco pudo disfrutar. A sus padres les dio por cambiar radicalmente de trayectoria vital, venderlo todo, comprar un terreno en el Piamonte, y edificar una granja escuela para toxicómanos que hoy continúa de modelo. Pasados unos años decidieron los cinco –hay que contar al hermano y la hermana de Silvia– repetir experiencia en el Norte de Burgos; sufrir inviernos siberianos y veranos achicharrantes se tornó costumbre. Cumplida otra etapa de entrega, sintieron llegado el momento de pensar en sí mismos: pasaron de la estepa castellana a la luz mallorquina y de las obras humanitarias a la hostelería. Silvia conoció allí a Pedro y montaron un restaurante de inmediato éxito, pero llegaron los niños, Gabriel, Rubén y Raúl, y los agobios laborales. Mientras, Iacomo y Charo prefirieron la cornisa cantábrica, buscaron su lugar, encontraron La Vita, sorprendente y optimista topónimo italianizante parragués, y adquierieron la hacienda «que sin duda nos esperaba»; cuando Silvia y Pedro resolvieron pasar de la multitud al mínimo campestre, tomaron cargo de Coses de La Vita. La aclimatación alcanza tales extremos que Pedro combina las labores culinarias con las de taxista local, los pequeños hablan asturiano oriental, la ‘mamma’ participa de las actividades culturales comarcales, y Iacomo cuida su propia huerta a la sombra del hórreo centenario. Y de paso, sin mayores alharacas, elevan a categoría «il piacere de mangiare». |