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| HOSPEDERIA DEL PEREGRINO Posada romera Fue merendero familiar a la sombra de la Santina. Es una acerada elección en el Real Sitio LUIS ANTONIO ALIAS
Éste ya estaba. Cuando niño, solía comer aquí con mis padres. Aún decenas de ‘muyerines’ vestidas de riguroso negro subían arrodilladas las escaleras de la Cueva. Estaba y continúa. Ayer como hoy atiende y sirve sin perder calmas y cocciones por las riadas de autobuses, botellas de agua y «¿el baño, por favor?» que de pronto invaden la estrecha y vecinal barra de la entrada. Hay habitaciones con las vistas probablemente más reproducidas del Principado. Y un comedor grande, pero rigurosamente ordenado y atendido, que puede acoger, en su cincuentena de mesas, dos centenares de romeros y turistas; años ha era abierto merendero al que casi todas las familias acudían con fiambrera. Vicente, cabraliego de energía y ánimo, se hizo cargo de la Posada al casarse con María Luisa, cocinera, hija del dueño, y desgraciadamente ya desparecida. Poco a poco, edificando y rehabilitando, adaptó a las necesidades del siglo XXI los anclajes del XIX. «Procuro un buen servicio, una cocina popular hecha de potes, carnes canguesas, pescados riosellanos, y embutidos y quesos del concejo propio y de los vecinos. Gusto pensar que colaboro en que la visita a la Santina y los Lagos resulte más agradable». A la ritual fabada se unen los revueltos, y el chuletón, y el cordero, y la merluza, y las ensaladas, y los postres caseros. Vicente impulsa y ejerce, así mismo, la vicepresidencia de Entrefogones, asociación «nacida de la inquietud de un grupo de hosteleros por reivindicar y recuperar habilidades y enseñanzas de nuestras madres y abuelas, ahora que tantos las consideran envejecidas o caducadas». |